23/10/2021
  • 23/10/2021

Una ‘Ciudadana’ de El Escorial

By on 19/09/2021 0 192 Views

La política local tiene mucho de creación de Código Civil. Este tocho ha ido sumando páginas por aquella necesidad cainita del odio al prójimo. De España se dice que, cuando un genio salió de la lámpara maravillosa y le dijo a un fulano que pidiera lo que quisiera pero que a su vecino le daría el doble, el tipo no dudó:


-Quedarme tuerto.


Candidatos a los ayuntamientos hay muchos y de muchos calibres pero suelen pertenecer a la raza de los que saben que en la empresa privada, al andar limitados de competitividad, serían mileuristas mientras que en la institución cobran lo que les es un sueño.


Raras son las excepciones porque se puede ser muy de la sociedad pero no gilipollas. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestra familia y queremos que les vaya lo mejor posible. De hecho, el arancel que pagan los mediocres porque sus hijos vivan bien es no verles la cara por ir al teatro, a cortar cintas, a carreras de triatlón, a intentar oler bien.


En El Escorial ha habido un cambio de alcalde que es, tan válido, como la proclamación del anterior. Las mayorías ahora las suman los que suman y esa es una realidad del diálogo democrático al que nos han sometido. Son cantinelas y cuentacuentos los que hablan de ‘gobierno de perdedores’ para perder…y gobernar.


Como en cada juego, las normas implican además un margen de decencia y honradez que en este caso ha sido sobrepasado con creces. Jamás entraría en un linchamiento público, bien sea argumentado por cuestiones profesionales o personales. No.


La concejal de Ciudadanos en El Escorial, Marta de la Vera, ha sido criticada por muchas cosas zafias, ruines y miserables pertenecientes, si existieran, previa presunción de inocencia en lo moral también, a su vida privada.


La responsabilidad política infiere que si alguien se presenta a unos comicios sepa lo que esto le puede suponer. No es un todo vale, insisto, sino entender que puedes llegar a representar una voluntad popular, a ser, una autoridad pública, a no ligarte a intereses ni odios, a ser, a fin de cuentas, un trabajador de un montón de vecinos, votantes y no, que son tus jefes.


El caso de esta concejal no es, ni más ni menos, que una reverberación del peligro público que supone afiliarse a un partido como Ciudadanos. Un partido que nació con una intención de ser una tercera vía a socialistas y populares y en el que se han colado todos los medianeros que nunca opinaron ni sí ni no, sino todo lo contrario.


Una especie de cajón de sastre de desastres intelectuales en las esferas bajas que se amparaban bajo el cobijo de un proyecto que tenía cierto sentido con Rivera al frente. Tenía cierto sentido por la valía del entonces líder, por el discurso de centro europeísta, por valores de pensamiento.


Por Ciudadanos han pasado personas como Arcadi Espada, Javier Nart, Albert Boadella o Carolina Punset. La última bala la quemaron en Madrid y se llama Edmundo Bal. Pero como suele suceder, los partidos son piramidales por algo y, en la base, se encuentra realmente donde no se puede rascar.


De la Vera es un calco de concejales de pueblo de su partido. Intentan no hacer demasiado ruido, pasar por allí de puntillas e ir resumiendo el poder en levantarse euros a final de mes y declinar la balanza por caprichos del destino. O, lo que es peor, por vendettas personales.


Al nivel de la decisión de apoyar la moción de censura se encuentra otra decisión que es, si cabe, más condenatoria: el silencio. Desde que fuera registrada, la edil no ha abierto la boca. Ni una somera explicación de un voto que cambia de rumbo un pueblo. Ese hermetismo es, de manera clara, el cerrar los ojos para que no te vean.


Lo explicó muy bien Carlos Alsina y lo refrendó otro Carlos, Herrera, sobre esa manía de los políticos de ‘conceder’ o no entrevistas. El de Onda Cero, lo hizo asegurando que «no es una concesión: es una obligación». El de COPE, hace poco, hablando de Pedro Sánchez, matizó además que los medios somos quienes concedemos las entrevistas, porque vienen a comer a nuestra casa.


Hay silencios que gritan mucho y este es uno de ellos. Porque si Marta o cualquier otro político está seguro de una decisión como esta, ¿por qué ese miedo a contestar? ¿Por qué tener que esperar a mal leer cuatro folios con pausas nerviosas en el pleno y volver a dar la callada por respuesta?


Muy sencillo: porque no se tiene la conciencia tranquila. La edil naranja pasó dos años trabajando con el equipo del ya exalcalde Antonio Vicente. Un equipo que es, además, una piña. Le fueron delegadas las áreas de Seguridad, Tráfico, Consumo, Transportes, Sanidad y Recursos Humanos.


La gestión fue tan nefasta que no solo el malestar se sentía dentro del Equipo de Gobierno sino que se trasladó también al cuerpo policial y a los trabajadores municipales. El primer paso, que encendió la mecha, fue la retirada de la concejalía de Seguridad que recayó, directamente, en el por entonces alcalde.


¿A qué situación se habría llegado para que un primer edil tome delegaciones? Y claro, la tensión creció y creció hasta que la propia Marta de la Vera decidió abandonar el Equipo de Gobierno y dejar una cabeza de caballo en la puerta del despacho principal de la primera planta del Ayuntamiento de El Escorial que es el de alcaldía.


Pocos minutos habían pasado del 1 de septiembre, inicio del curso político, cuando fue registrada la moción de censura que daría con la alcaldía del socialista Cristian Martín. En la foto de la puerta del consistorio, la todavía edil naranja aparece a la derecha de la instantánea según se ve. Según se posiciona, a la izquierda de los de izquierdas.


Es complicado conocer las razones de las cuitas internas de la política de los pueblos. Aunque ahora todo es más transparente, las luchas pueden surgir por enfrentamientos familiares, negocios que no salieron bien o favores debidos. Es la pura y dura realidad: el ver a carniceros, gruistas o abogados de medio pelo, debatiendo en salones plenarios cuestiones de interés general e, incluso, creyéndose diputados nacionales.


Antonio Vicente es un hostelero pero tiene algo a destacar: jamás ha entrado en estas lides de grandilocuencia. No será el mejor orador, eso es cierto, pero quizá sí es un ejemplo -incluso en este hándicap- de lo que debería ser la prostituida política municipal. Vicente es un hombre que pasea por su pueblo, al que su pueblo conoce y al que paran por las calles incluso, para ciscarse en sus decisiones.


En su alocución, la concejal de Ciudadanos con pena mora, lloró como Boabdil por las críticas que recibía «por no ser de El Escorial». No se es de un sitio -solo- por nacer en él sino por vivirlo, sentirlo y hacerlo tuyo. Este municipio es uno más en esta cuestión pero ocurre que la nueva política ha conformado plenos de gente que nadie conoce y están ahí por pertenecer a partidos.


La moción de censura es una herramienta democrática, lícita y utilizable. Hoy, Cristian cuenta con más apoyos que Antonio en el Pleno y por eso gobierna. La crítica se enmarca en los propios mecanismos del capricho posbipartidista que, cuando las matemáticas y los votos quieren, otorgan una espada de Damocles a peligros públicos como Marta de la Vera.


Al finalizar la sesión, el nuevo alcalde salió con la cabeza alta del edificio consistorial porque había conseguido su fin. Con la cabeza alta, salió también el exalcalde que ha estado 14 años gobernando el municipio. Compungida y silenciosa, taciturna y con ganas de lágrimas, lo haría la única concejal naranja. Y, uno, pues vuelve a la historia y piensa que «llora como una desleal lo que no supo defender como política».

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