08/12/2021
  • 08/12/2021

Carta del Director: Tus hijos no son de Netflix

By on 17/10/2021 0 158 Views

En el patio de las Carmelitas jugábamos a ser Van Basten. Los padres venían incluso a los entrenamientos y disfrutaban de ellos. Jamás, jamás de los jamases, le dijeron a un míster nada. Ni con gestos. De todos los de aquel equipo en el que yo, lógicamente, era el peor, solo Alvarito consiguió jugar en el Real Madrid.


Los sueños también nos llevaban a ser cualquier cosa. Cuando nos enteramos de que el ‘teacher’ había trabajado en la ‘Madrid deep space communications complex’ de Robledo de Chavela, coincidió en el espacio-tiempo con que, Pedro Duque, estaba en la Estación Espacial. Éramos tontos pero también faltones y, por ello, le llamábamos ‘Ildefonso Duque’.


En el fondo, soñábamos con ser astronautas, futbolistas, médicos. Soñábamos con ser héroes. Una heroicidad positiva que los padres acompañaban desde la absoluta bondad que inculcaban: nunca hubo una de esas broncas entre progenitores a las que nos hemos acabado por acostumbrar.


‘El juego del calamar’, una serie coreana de Netflix, ha puesto en liza muchos debates que van más allá del uso de una plataforma audiovisual. Quienes plantean esas discusiones buscan una remuneración a cambio de visitas en uno u otro medio mentando a los padres que los parió.


Todo esto viene dado porque algunos adolescentes han empezado a imitar en los recreos o fuera de los centros educativos la historia que se construye en esa ficción. Un efecto espejo más, sin más, porque ese delirio violento se enfoca única y exclusivamente a un contenido televisivo.


Como pasa con el porno. La idealización de las imágenes consumidas, principalmente por curiosos y, por tanto, por jóvenes, no ha construído una idea del sexo más allá de la previamente creada por la mente o, lo que es peor, la puesta en común de quienes sí lo han hecho y quienes no en cualquier patio de instituto en el que las hormonas, mandan.


Una película de ese género no crea violadores ni violadas, ni violadoras ni violados. La negatividad de las ficciones viene dada por carencias de cualquier otro tipo puesto que, si no, tendríamos todavía centenares de miles de groupies de antaño que seguirían llorando por las aceras porque Di Caprio murió ahogado tras la tragedia del Titanic.


No es la primera vez que a Netflix, que juega a la perfección con este tipo de historias, le pasa algo similar. ‘Élite’, por ejemplo, es otra de esas series que debería dejar muy claro a los padres preocupados que, mira, no.


Que no. Que tu hijo es imposible que llegue a amenazar a los directores de un centro educativo por su poder. Es más, ni siquiera con el tuyo. Y, añado: si un padre forma parte de eso, la historia podría ser mejor que la de la serie mencionada porque se convertiría en un humor, casi, de Factoría De Ficción.


Que no. Que es improbable que tu hijo vaya a fiestas como esas con tanto exceso. Principalmente porque con los 20 euros de paga que le das al fin de semana, no tendría dinero ni para comprar lo que vale un solo vaso de los del film. No te digo ya de la ropa, la droga o las marcas de bebida.


Y, que no, tranquilo… que tu hijo no folla a ese nivel. Principalmente, tu hijo no folla a ese nivel en lo que a la persona que acompaña se refiere porque le quieres mucho, pero no es tan guapo como tú y sus abuelos pensáis. Estate más tranquilo aún: nadie folla a ese nivel.
En medio de esto, podría suceder otra opción: que tu hijo se encariñe de la realidad. Que un día, recogiendo su habitación, te encuentres algo.


Podría ser el carné de un sindicato estudiantil cuyos líderes tengan 40 años y sigan en los primeros años de la carrera. Demostrarían así que el dinero es lo que importa, que la posición y el poder son prioritarios mientras se construya por debajo de ellos una historia de ilusos que vienen a comprar un producto.


Podría ser también una tarjeta de un partido que odia la violencia. Es más, un partido que detesta la violencia hasta límites insospechados y así lo hace ver en los medios. «Por ahí, no», dirían. Pero que miran para otro lado si un diputado, en el Congreso, es capaz de tirarse a intentar pegar de tortazos a un rival, demostrando la validez de la violencia selectiva.


También podría ser que te encuentres la afiliación a una formación política que usa los medios del estado, desde su fundación, para crear corrientes -armoniosas o no- en su beneficio. Y el de sus amigos. Incluso, creando agrupaciones parapoliciales por encima de las normas. Estos demostrarían que todo tiene una influencia, que la mente manipulada es perversa: la perversión influencial.


El peligro no es que vean a Seong Gi-hun ni a Patrick Blanco e intenten imitarlos, sino que vean una sesión del Congreso de los Diputados y normalicen el insulto; que vean un comité de un partido y asuman la traición; o que vean un pleno municipal y normalicen lo que se puede cobrar sin saber hablar.


Son adaptativos y, ahí, tenemos un problema: en breve, verán que se divierten con lo primero y pueden vivir de lo segundo porque todos conocemos nuestros límites. No son de Netflix: son aquellos a los que creíamos lusers y gobiernan dentro y fuera de casa. El juego del calamar era de los años 70 donde, con un bofetón a tiempo, se habían quitado las tonterías respondiendo a su:


-¡Luz verde!


Con un:


-¡Cara roja! Y, mañana, no sales.

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